La luz del atardecer se filtraba por los ventanales como si buscara redimir las sombras. Gabrielle recorría los pasillos antiguos con una mezcla de respeto y melancolía. Sus pasos lo condujeron hasta una sala olvidada.
Allí, sobre una mesa, vio un álbum cubierto de polvo.
Lo abrió.
Imágenes sepia. Risas congeladas. Su madre, Rebeca, de niña… con una sonrisa tierna que él jamás había visto en ella. Por un instante, el rencor se resquebrajo. Vio a la mujer antes del odio.
—Hermosa, ¿verdad? —dijo