El sol no pidió permiso para entrar. Se filtró entre las cortinas translúcidas de la villa, dibujando líneas doradas sobre las sábanas de seda blanca que envolvían los cuerpos de los esposos. Salvatore fue el primero en abrir los ojos. Se quedó inmóvil, disfrutando del peso ligero de Alessandra, quien dormía plácidamente con la cabeza apoyada en su pecho y un brazo rodeando su cintura.
El implacable Don de Sicilia, el hombre ante el cual temblaban imperios enteros en Europa, se dedicó simplemen