El despertador no llegó a sonar; el instinto de Salvatore siempre se adelantaba al tiempo. A las cinco de la mañana, la luz azulada de la aurora siciliana se filtraba por las rendijas de las pesadas cortinas. Alessandra sintió el movimiento a su lado y, casi por inercia, se pegó más al cuerpo cálido de él. El día que tanto habían planeado finalmente había llegado.
—Es hora, Alessandra —susurró Salvatore, depositando un beso firme en su hombro desnudo.
Se levantaron con la sincronía de quienes h