La luz de la mañana se filtraba tímidamente por las cortinas del hotel.
Noah ya estaba despierto, sentado en el sofá con una toalla enredada en las caderas y el teléfono en la mano.
Su expresión era tranquila, como si la noche anterior no pesara en absoluto.
Un golpe suave en la puerta hizo que Isabelle se removiera entre las sábanas.
Abrió los ojos lentamente y se incorporó.
—¿Quién será? —preguntó, con voz aún adormecida.
Noah se levantó.
—Le pedí a Evan que nos trajera ropa.
Debe