La madrugada había envuelto la Mansión Moore en un silencio casi sobrenatural.
Afuera, la bruma cubría los jardines como un sudario. Adentro, las luces estaban apagadas. Todos dormían, o al menos lo intentaban.
Noah apenas llevaba dos horas dormido, hundido en el sofá de su antigua habitación, cuando el timbre de su teléfono lo sacó del abismo.
Lo contestó sin mirar la pantalla, aún desorientado.
—¿Hola?
La voz de Beatrice Moore, serena pero urgida, atravesó la línea con un filo incon