Beatrice salió de la habitación con pasos lentos, como si cada uno estuviera cargado de años que no se habían dicho.
Al cerrar la puerta, se encontró con Isabelle, que se había detenido justo frente a la entrada.
Sus manos temblaban.
Su mirada estaba fija en el marco de la puerta, como si cruzarlo significara romper algo que había estado contenido demasiado tiempo.
Beatrice la observó en silencio.
Luego, con voz suave, le dijo:
—Entra, querida.
Nada de lo que pase ahí dentro