Isabelle se incorporó lentamente del suelo. Su mejilla ardía, pero lo que más dolía era el silencio que había dejado el golpe.
Celeste la miraba con los ojos abiertos de par en par, paralizada por el horror.
Jonathan dio un paso al frente, con la voz firme y sin rastro de emoción.
—La única manera de evitar que ellos sigan golpeándose —dijo— es que firmes el acuerdo, Isabelle.
Ella lo miró con dolor. Luego giró hacia Noah, que la observaba con los brazos cruzados, la mandíbula tensa.