Noah salió del hospital con pasos pesados, como si cada uno le costara más que el anterior. Se sentó en los escalones, apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando al suelo. El aire fresco no le aliviaba. Solo lo hacía sentir más solo.
Beatrice lo alcanzó poco después. Se detuvo a unos pasos, observándolo en silencio antes de hablar.
—Noah…
—No quiero escuchar más regaños —dijo él, sin mirarla.
—Pues los vas a escuchar —respondió Beatrice, firme pero sin dureza—. Aunque no quieras