El evento había terminado. Las copas vacías, las sonrisas ensayadas, y las promesas corporativas flotaban en el aire como humo de un incendio que aún no comenzaba. Isabelle se había excusado para ir al sanitario, y James, con discreción, la alcanzó en el pasillo contiguo.
—¿Cómo estás? —preguntó, con voz baja, como si el mundo no debiera escuchar esa pregunta.
Isabelle lo miró, y por un instante, todo lo demás desapareció.
—Bien. El embarazo va de maravilla… pero me encantaría que estuvie