Había pasado una semana desde que Isabelle y los niños se mudaron a Belvedere Hill. La casa ya no parecía ajena: los pasillos tenían risas, las habitaciones estaban llenas de dibujos y libros, y los desayunos eran compartidos entre charlas suaves y planes escolares. Leah y Alex estaban emocionados por empezar clases pronto. Hablaban de nuevos amigos, de mochilas nuevas, y de todo lo que vendría.
La mañana del séptimo día, Isabelle despertó sola en la habitación. James ya no estaba. El sol se