El sol apenas asomaba por las cortinas cuando Leah, ya vestida con su conjunto favorito —una blusa blanca con bordados, jeans suaves y unas botas cómodas que hacían ruido alegre contra el piso de madera— corrió por el pasillo hasta la habitación de Isabelle.
Empujó la puerta con suavidad, pero sin esperar respuesta.
—¡Mamá! Ya es hora de levantarse.
Isabelle entreabrió los ojos, aún envuelta en la tibieza de las sábanas.
—¿Leah? ¿Qué hora es?
—Hora de peinarme —dijo Leah con una sonri