El centro comercial brillaba con ese lujo discreto que no necesita anunciarse. Adrien caminaba junto a Leah, que saltaba entre los mosaicos como si jugara a no pisar las líneas. El aire olía a perfume caro y pan recién horneado.
De pronto, Leah se detuvo frente a un aparador. Vestidos de niña, delicados, con tul y bordados de estrellas, colgaban como promesas de cuentos. Uno en particular, azul claro, la dejó inmóvil.
—¿Te gusta ese? —preguntó Adrien, inclinándose a su altura.
Leah asinti