A la mañana siguiente, Isabelle se encerró en el estudio. El sol apenas tocaba las cortinas cuando marcó el número de Vivianne.
—¿Isabelle? —respondió su madre, con voz cansada.
—Mamá… quiero ir a ver a papá.
Vivianne no dudó ni un segundo.
—Sí, claro que sí. Me encargaré de que te dejen volver a York. No te preocupes por nada.
—Gracias —susurró Isabelle.
Hubo un silencio breve, quebrado por un sollozo al otro lado de la línea.
—Isabelle… tu padre está muy mal. No sabes cuánto me