Las tres regresaron a la mansión bajo el sol de la tarde, con pasos tranquilos y el eco de las risas del almuerzo aún flotando entre ellas. Al cruzar el umbral, Noah apareció en el vestíbulo, con una camisa remangada y una expresión más luminosa de lo habitual.
—Lucie —dijo con entusiasmo—. Qué gusto verte por aquí otra vez.
Lucie sonrió, sorprendida por la calidez en su voz.
—Noah… estás distinto. ¿Te cambiaron el café o el carácter?
Noah soltó una risa breve.
—Un poco de ambos, tal