La tarde comenzaba a teñirse de dorado, y el jardín de la mansión se llenaba de sombras suaves entre los setos. Camille e Isabelle caminaban entre las flores cuando vieron a James cruzar el césped a paso apresurado, con la chaqueta en una mano y el móvil en la otra.
—¿Y esa prisa? —preguntó Camille, alzando una ceja con una sonrisa—. ¿Te pone nervioso recibir a la matriarca de los Moore?
James soltó una risa breve, sin detenerse del todo.
—No exactamente. Pero Noah decidió, en su infinita