James caminaba sin rumbo fijo por los senderos del jardín, sus botas deportivas hundiéndose levemente en la grava húmeda. El aire fresco de la mañana le despejaba, pero no le quitaba el nudo en el pecho.
Se detuvo junto a uno de los setos más altos, observando las gotas de rocío resbalando por las hojas, cuando escuchó pasos firmes acercándose.
—Vaya… temprano para ti, ¿no crees? —la voz de Noah rompió el silencio.
James no se giró de inmediato, pero su espalda se tensó.
—Solo necesitab