El mármol de la escalera se sentía frío bajo los pies descalzos de Zeynep mientras subía. Cada paso era lento, pesado, como si arrastrara una cadena invisible. La camisa de Kerim, empapada y fría, con su mancha de labios escarlata y el hedor a un perfume ajeno, había quedado atrás en la cocina, pero su imagen se había grabado a fuego en su retina. La certeza de la infidelidad era un veneno que se extendía.
Llegó al piso de las habitaciones, el pasillo largo y silencioso. Zeynep había jurado que