El reloj del majestuoso salón marcaba las ocho en punto.
El tic-tac sonaba como una punzada en el pecho de Zeynep. Llevaba horas de pie, con la mirada fija en la ventana que daba al jardín. Las luces del sendero se encendían una a una, pero no había señales de Kerim.
—Hija, por favor, siéntate un momento —pidió Selim con voz dulce, sosteniendo una taza de té entre las manos temblorosas—. Me tienes con los nervios de punta. Kerim regresará, ya lo verás.
Zeynep respiró hondo.
Sus dedos jugueteaba