Zeynep, agotada, se sentó finalmente con la mirada fija en la puerta.
El silencio en la mansión era tan espeso que podía escuchar el latido de su propio corazón.
Esperaba, con una mezcla de miedo y esperanza, el sonido que anhelaba oír desde hacía horas: los pasos de Kerim cruzando el umbral.
De pronto, la cerradura giró.
El portón se abrió con un golpe seco y el eco retumbó en toda la casa.
Zeynep se puso de pie de inmediato.
Kerim apareció tambaleándose, con la camisa arrugada, el rostro dese