Kerim yacía en la penumbra de su habitación, tumbado sobre la cama desde hacía horas. El aire le resultaba pesado, casi irrespirable. Miró al techo, luego recorrió con la vista las cuatro paredes que lo aprisionaban. Sintió cómo la ansiedad le oprimía el pecho, una sensación creciente de asfixia. Se incorporó de golpe, incapaz de soportar por más tiempo la quietud, y murmuró con voz ronca:
—Creo que me estoy asfixiando aquí encerrado.
Sin pensárselo dos veces, se levantó y se dirigió hacia el c