Azra estaba sentada en el sofá, con la espalda hundida en los cojines como si el peso de todo su mundo recayera sobre ella. Sostenía entre los dedos una copa de champaña que se movía levemente con el temblor de su mano. Sus ojos estaban fijos en algún punto invisible más allá de la ventana, donde la noche se extendía negra y fría, como su estado interior.
No hablaba. No lloraba. No gritaba.
Solo estaba allí, inmóvil, como una estatua quebrada.
De pronto, la puerta se abrió sin anunciarse. Abram