Zeynep se inclinaba una y otra vez sobre Kerim, con el rostro pálido y los ojos llenos de preocupación. Tenía entre sus manos un paño húmedo, que colocaba con cuidado sobre la frente ardiendo de su esposo. El sudor perlaba la piel de él, su respiración era agitada, y cada tanto se quejaba entre sueños, pronunciando palabras que apenas se entendían.
Selim, la madre de Kerim, caminaba de un lado a otro del dormitorio, dando órdenes con voz firme, intentando mantener la compostura mientras el mied