El silencio en el apartamento era espeso, casi doloroso.
Zeynep estaba sentada en la cama, con el bebé dormido entre sus brazos, acunándolo con ternura. Afuera, la tarde se deslizaba lenta, arrastrando con ella un aire de nostalgia.
De pronto, el timbre de la puerta rompió aquella calma.
Zeynep se sobresaltó. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Caminó hasta la sala con el pequeño aún en brazos y abrió la puerta con cautela.
Frente a ella estaba Abram, con esa sonrisa suya que nunca sabía si