La tarde caía sobre la mansión Seller, tiñendo los jardines de un naranja sangriento. Kerim estacionó su auto y caminó hacia la entrada principal con los hombros cargados por el peso de la confesión de su padre. Antes de cruzar el umbral, una figura lo detuvo. Ariel estaba sentada en un banco de hierro forjado, rodeada de rosas que parecían marchitarse ante su amargura.
Al verlo llegar, Ariel se puso de pie con una lentitud calculada. Su mirada era un dardo de veneno puro. —Antes de que entres