Kerim se quedó de pie junto a su coche, con la respiración entrecortada y los puños apretados. Observó cómo la silueta de Zeynep era devorada por las sombras de la carretera, cada vez más pequeña, cada vez más lejana. En su mente, una voz orgullosa le gritaba que la dejara ir, que una mujer no podía desafiarlo de esa manera, que los Seller no rogaban.
"Que se vaya", pensó con amargura. "Que vea lo que es el mundo sin mi protección".
Dio media vuelta y puso la mano en la manija de la puerta del conductor. El metal estaba frío, tan frío como el vacío que empezó a sentir en el pecho de forma repentina. Entró al auto y encendió el motor, pero no fue capaz de poner la marcha. Se miró en el espejo retrovisor y no reconoció al hombre que veía. ¿De qué servía todo su poder, su apellido y su dinero, si la única persona que le daba sentido a su hogar estaba caminando sola hacia la nada?
El miedo, un sentimiento que Kerim rara vez permitía, lo golpeó como un mazo. La oscuridad de esa zona era tr