Kerim se quedó de pie junto a su coche, con la respiración entrecortada y los puños apretados. Observó cómo la silueta de Zeynep era devorada por las sombras de la carretera, cada vez más pequeña, cada vez más lejana. En su mente, una voz orgullosa le gritaba que la dejara ir, que una mujer no podía desafiarlo de esa manera, que los Seller no rogaban.
"Que se vaya", pensó con amargura. "Que vea lo que es el mundo sin mi protección".
Dio media vuelta y puso la mano en la manija de la puerta del