Zeynep forzó una sonrisa débil, tratando de desarmar la sospecha de su esposo.
—No me sucedió nada, Kerim —mintió, odiándose por hacerlo—. Ya sabes cómo es Ariel. Le gusta exagerar todo para crear drama. Solo me dolía la cabeza por el sol y llegué mareada. Eso es todo.
Kerim la estudió durante unos segundos interminables. Quería creerle. Necesitaba creerle.
—De acuerdo —dijo él, aunque sus ojos decían «no te creo del todo».
En ese instante de fragilidad, el sonido estridente de un teléfono romp