El reloj de pie en el vestíbulo marcó las siete de la tarde con campanadas graves que resonaron en toda la planta baja. La mesa del comedor ya estaba puesta con la vajilla de gala, una orden silenciosa de Baruk que nadie se atrevió a cuestionar.
La puerta principal se abrió, dejando entrar el aire fresco de la noche y a los dos herederos Seller. Kerim y Emmir entraron hombro con hombro, quitándose los abrigos con la sincronización de dos soldados que regresan del frente. Venían agotados, con las corbatas aflojadas y el peso de la empresa sobre sus espaldas.
—Buenas noches —saludó Emmir, rompiendo el silencio.
En la sala de estar, Baruk y Selim los esperaban. Ariel estaba sentada con las piernas cruzadas, bebiendo una copa de vino tinto, sus ojos brillando con una anticipación malévola.
—¿Cómo les fue, hijos? —preguntó Baruk, su voz potente llenando el espacio, aunque sus ojos escaneaban a Kerim con una mezcla de sospecha y paternalismo.
Los dos hermanos se acercaron. Siguiendo el prot