Las puertas automáticas de la entrada de urgencias se abrieron con un siseo mecánico, dejando entrar una ráfaga de aire nocturno mezclado con la humedad de la lluvia reciente. Emmir Seller cruzó el umbral. No caminaba con la arrogancia habitual de su clase; sus pasos eran pesados, arrastrando el peso de la culpa y de un viaje precipitado. Su camisa estaba arrugada, el primer botón desabrochado, y su rostro mostraba la sombra de una barba de dos días, signo inequívoco de su decadencia personal.