La habitación privada del hospital estaba sumida en una penumbra azulada, rota solo por los números verdes del monitor de signos vitales. El aire olía a medicamentos y a la frialdad estéril de la muerte que había rondado cerca apenas unas horas antes.
Hakim, el poderoso magnate del acero, entró en la habitación con paso lento, despojado de la furia volcánica que había mostrado en el pasillo. Al cerrar la puerta, el hombre de negocios despiadado dio paso al padre aterrorizado.
Se acercó a la cama. Allí, entre sábanas blancas, Ariel parecía pequeña, frágil. Su piel estaba pálida, casi translúcida, y las ojeras profundas bajo sus ojos contaban la historia de meses de sufrimiento silencioso.
Hakim se sentó en la silla junto a la cama. Con una mano robusta y callosa, acostumbrada a firmar sentencias financieras, acarició suavemente el cabello revuelto de su hija.
—Mi princesa... —susurró, con la voz quebrada.
El contacto fue suficiente. Ariel parpadeó, sus pestañas aleteando mientras salía