La cena en el comedor principal transcurría con una lentitud agónica. Los cubiertos chocaban contra la porcelana en un ritmo monótono que apenas lograba disimular el silencio sepulcral. Baruk intentaba mantener la compostura, cortando su carne con precisión quirúrgica, mientras Selim apenas probaba bocado, sus ojos viajando constantemente hacia el techo, como si pudiera ver a través de las vigas lo que sucedía en la habitación de Ariel.
Kerim estaba sentado frente a su padre, mecánicamente llevando comida a su boca. Su mente, sin embargo, estaba en la habitación de arriba con Zeynep, y más allá, en la cita que su esposa parecía ocultar.
De pronto, el zumbido de su teléfono móvil rompió la quietud. El aparato vibró contra la madera de la mesa, un intruso ruidoso. Kerim miró la pantalla y sus ojos se entrecerraron al leer el nombre: Emmir.
Baruk levantó la vista de inmediato, la esperanza brillando en sus ojos cansados.
—Lo siento —dijo Kerim, poniéndose de pie y tomando el teléfono—. T