Al entrar de nuevo en la seguridad de su habitación, el silencio se sintió diferente. Ya no había pánico, sino una electricidad estática, cargada de vergüenza y de algo más.
Se miraron. Zeynep se cruzó de brazos, tratando de recuperar su dignidad. Kerim se pasó la mano por el cabello revuelto y soltó una risa nerviosa.
Tomó una camisa limpia del armario y la miró.
—La verdad... no sé qué pasó —confesó Kerim, genuinamente perplejo—. Tengo el sueño ligero, Zeynep. Normalmente escucho todo. No me