Al entrar de nuevo en la seguridad de su habitación, el silencio se sintió diferente. Ya no había pánico, sino una electricidad estática, cargada de vergüenza y de algo más.
Se miraron. Zeynep se cruzó de brazos, tratando de recuperar su dignidad. Kerim se pasó la mano por el cabello revuelto y soltó una risa nerviosa.
Tomó una camisa limpia del armario y la miró.
—La verdad... no sé qué pasó —confesó Kerim, genuinamente perplejo—. Tengo el sueño ligero, Zeynep. Normalmente escucho todo. No me moví para nada; no puedo acordarme de cuándo Selim entró.
Zeynep lo miró, arqueando una ceja.
—¿De verdad no te moviste, Kerim? —dijo ella con ironía—. Qué maravilla. Pues tus padres tienen otra versión.
Kerim se rascó la barbilla, donde la barba empezaba a picar. Una sonrisa traviesa curvó sus labios mientras recordaba la posición en la que habían despertado.
—Papá y mamá nos vieron en una posición bastante íntima, ¿cierto? —preguntó él, bajando el tono de voz—. Piernas entrelazadas... abrazado