Kerim giró la cabeza lentamente hacia ella. Frunció el ceño, sus ojos oscureciéndose con una advertencia clara: No te atrevas. No era el momento, y Zeynep lo sabía. Ella estaba usando eso para insinuar que no estaría disponible las 24 horas, que tenía planes de irse o de trabajar, rompiendo la imagen de madre abnegada que Kerim vendía.
—¿Una niñera? —repitió Kerim con frialdad, su voz bajando de temperatura—. ¿Para qué, Zeynep?
—Para Evan —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Si nos quedam