El comedor principal de la mansión Baruk estaba iluminado por el resplandor cálido de la lámpara de araña de cristal, pero la luz no lograba disipar las sombras que se cernían sobre la mesa. La cena, habitualmente un momento sagrado para la familia, se había convertido en un ritual de silencios incómodos y cubiertos chocando contra la porcelana.
Baruk presidía la mesa, con el color volviendo lentamente a sus mejillas tras su estancia en el hospital. A su derecha, Selim vigilaba que su esposo no