El aire frío de la noche me golpeó el rostro al salir del palacio. La brisa llevaba consigo un aroma a tierra húmeda, un preludio de la tormenta que se avecinaba. Apreté el abrigo alrededor de mis hombros mientras caminaba hacia la camioneta que me esperaba en la entrada. Sasha, con su habitual expresión tranquila, me abrió la puerta trasera y me ayudó a entrar. Su gesto era tan profesional como siempre, pero no pude evitar sentir un nudo en el estómago al mirarlo.
Había sido él quien me ayudó