El eco de los pasos de Maximilian resonaba en el vacío del aeropuerto, cada uno más pesado que el anterior, como si anunciara la tormenta que estaba por desatarse. Mis manos temblaban ligeramente mientras sostenía a mi bebé, que dormía ajeno al caos que se avecinaba. La maleta colgaba de mi hombro como un recordatorio constante de mi decisión, una que había tomado con el corazón roto pero convencida de que era lo mejor para mí y para mi hijo.
Maximilian se detuvo a pocos pasos de distancia, su