Cómo un chiste de humor negro, al fin estaba teniendo lo que había deseado por mucho tiempo: conocer de primera mano a Maximilian Müller, ese acaudalado y popular político que se convertiría en presidente de Alemania. Cuando aún era periodista, lo había investigado por dos años, seguido sus pasos y publicado cada movimiento suyo casi como si fuese una fan obsesionada. Y había sido esa dedicación la que me había llevado a ser la periodista enviada a cubrir el anuncio de su compromiso en aquella