A partir de esa noche, la dinámica entre ese hombre y yo dio un giro radical.
Maximilian no pedía permiso. No necesitaba hacerlo. El acuerdo prenupcial era claro: él tenía derecho a mi cuerpo, a mi tiempo siempre que quisiera, y a mi presencia siempre que la solicitará... Porque podía pagar por todo ello.
La manera en que reclamaba siempre que quería, era algo que me helaba la sangre. Se había hartado de mis desplantes y ahora reclamaba sus derechos todos los días. A veces, me encontraba en l