La pesada puerta del apartamento encajó en el marco. Apoyé la espalda contra la madera, desinflando el pecho mientras soltaba una larga bocanada de aire. La adrenalina del pánico paternal comenzó a disiparse, dejándome finalmente a solas con mi realidad. O mejor dicho, con mi pesadilla. El silencio que quedó en la estancia era denso, pesado y cargado de una inminente tormenta siberiana.
Caminé con cautela por el pasillo central, arrastrando mis pies. Me dirigí directamente hacia mi habitación,