Me levanté de la silla de madera con lentitud, sintiendo de inmediato el peso del desvelo en los hombros y una rigidez espantosa en la parte baja de la espalda. Di un par de pasos erráticos por la alfombra, estirando las piernas como si fuera una marioneta mal articulada.
—Me quedo completamente desconcertada —le comenté a las paredes mudas, mirando de reojo hacia la puerta principal del apartamento—. No ha regresado el ogro. ¿Qué habrá pasado con ese hombre tan misterioso y posesivo? ¿Se lo ha