Llena de furia, me dirigí hacia la cocina con pasos rápidos que dejaron un rastro de humedad espumosa sobre el suelo. Ignoré la imponente figura de Maksim asentada en el salón y me planté frente al lavadero. Agarré la manija metálica con fuerza y abrí el grifo por completo, esperando un milagro de última hora. No salió nada. Ni una sola gota, ni un suspiro de humedad; solo el eco seco y burlón de las cañerías vacías.
—Recuerda que no tendremos agua por un tiempo, Sorókina —me advirtió él desde