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Mientras ambas estamos comiendo, le fui contando todo lo que había sucedido.
—¡No puede ser! —exclamó Polina, atragantándose casi con un trozo de pollo de la risa—. ¡¿Me estás diciendo que corriste como una ninfa frente a un hombre mientras tenías la cabeza llena de jabón de pino?! ¡Elena, eres una leyenda viviente del desastre!
—¡No te rías, que fue horrible! —le reproché, dándole un mordisco dramático a mi rebanada de pizza—. El tipo tiene el tamaño de un armario empotrado y unos ojos que