—Uno... —comenzó a contar él con total parsimonia, ensanchando su sonrisa burlona.
—¡Maksim, por favor! —le supliqué, mirando hacia la puerta con terror.
—Dos... —continuó él, amagando con dar un paso hacia la salida mientras su toalla se movía peligrosamente.
En eso, escuché la voz de mi papá desde la sala, despidiéndose del tío Eduardo y caminando de regreso por el pasillo hacia mi dirección. Los pasos de sus botas pesadas se escuchaban cada vez más cerca de la entrada de mi recámara.
El páni