Releyó la misma página tres veces antes de admitir que no había manera de leerla sin que le temblara la mano derecha.
No era el frío —Saltillo en diciembre tenía esa costumbre de meterse por las costuras del abrigo, sí, pero Elena Villaseñor llevaba cuarenta minutos sentada en el mismo sillón de la habitación del hotel con la calefacción encendida al máximo y el cuerpo incapaz de entrar en calor. Era el texto. Era lo que ella misma había escrito con esa prosa que aprendió a usar como bisturí, e