Gabriel Serrano llevaba ocho años aprendiendo a leer el silencio de las personas que saben demasiado, y el silencio de Elena Villaseñor tenía una textura distinta a la de quien simplemente decide no contestar.
No era el silencio de la indiferencia. Era el silencio de algo interrumpido.
Treinta y seis horas sin respuesta a los mensajes de texto, sin actividad en el número que ella misma le había dado como línea de emergencia, sin la señal de lectura que aparecía invariablemente a los veinte minu