La gala estaba en su punto máximo cuando las puertas se abrieron para dejar pasar a una nueva figura que buscaba, desesperadamente, ser el centro de atención. Delfina Genovese entró al salón con una sonrisa ensayada y un aire de superioridad que hacía que el aire se sintiera más pesado.
Llevaba un vestido rosado fucsia, estridente y de un corte tan revelador que resultaba vulgar para la sobriedad de la aristocracia moscovita. Se movía como si fuera la dueña del lugar, ignorando las miradas de de