El peso de la verdad golpeó a Damián donde más le dolía, porque en el fondo de su mente paranoica sabía que Coni tenía razón. Ciego de pura rabia por verse expuesto, levantó la mano y le pegó una bofetada limpia a Coni que la tiró al suelo, golpeándose la mejilla contra la pata del escritorio.
—¡Cállate la puta boca! —rugió Damián, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Cállate o soy capaz de ordenar que todos los soldados de la guardia abusen de ti ahora mismo en este despacho! ¡No me