En la oficina principal del búnker gubernamental, la atmósfera cortaba como el vaho de un glaciar. Damián Petrov permanecía sentado detrás del escritorio de caoba, con los dedos entrelazados y la mirada fija en Mordecai, quien se mantenía de pie con los brazos cruzados. La espina que Coni había sembrado seguía escarbando el cerebro del líder de la Bratva.
—Jefe, no puede tomar en serio las calumnias de esa bastarda —comenzó Mordecai, con una voz profunda que destilaba una calma ensayada, movien