La noche caía sobre la propiedad privada y la calma reinaba en la mansión tras la partida de los recién casados. Sin embargo, en el ala oeste de la residencia, la tensión no era de peligro ni de armas, sino de una atracción sofocante que llevaba semanas cocinándose a fuego lento.
Daisy cerró la puerta de su suite con seguro. Se quitó las zapatillas y soltó su cabello, suspirando de cansancio. En ese instante, la puerta conectada al gimnasio privado se abrió sin golpear. Lars y Mike entraron en