Mientras la tormenta arreciaba con furia, los blindados se adentraron en la propiedad secreta del presidente. En cuanto las puertas blindadas se cerraron, Damián bajó a Anastasia del carro no con cuidado, sino con una demencia desatada. Cruzó el salón principal de lujo tomándola fuertemente del pelo y pegándole un jalón salvaje en el brazo, arrastrándola a la fuerza por el pasillo directo hacia su habitación privada, ignorando sus maldiciones.
—¡Suéltame, maldito enfermo! —le gritaba Anastasia,