A miles de kilómetros del paisaje nevado de Noruega, el sol abrasador del desierto caía sobre el majestuoso palacio de Dubái. Sin embargo, dentro de los ostentosos pasillos de oro y mármol, solo reinaba un silencio sepulcral, helado y desolador.
Zyad, el Jeque, permanecía sentado en el borde de su trono. Había perdido la compostura, el porte y la mirada dominante. A su alrededor solo había ruinas emocionales.
La culpa lo devoraba vivo, convirtiéndose en un monstruo implacable que le carcomía la